Varios restaurantes y bares cerraron sus puertas ante la baja concurrencia o el riesgo de contagio. Foto: Nicolás Der Agopián

Las denuncias por ruidos molestos bajaron de 15 a dos en una semana, pero el poco movimiento afecta a comerciantes y trabajadores

Locales cerrados y ómnibus vacíos en una Montevideo detenida

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Nº2064 - al de Marzo de 2020
escribe Lucía Cuberos

De alguna forma, la vida se detuvo en Montevideo. Ante la creciente cifra de infectados por coronavirus en el país, buena parte de los habitantes de la capital decidieron quedarse en sus hogares. Y si bien la medida ha sido recomendada por las autoridades ante la emergencia sanitaria, la preocupación generalizada impactó en cada rincón de la ciudad.

En la terminal de Tres Cruces, un sitio siempre bullicioso, ahora no hay casi movimiento. “El flujo es muy acotado, mínimo. Está todo muy quieto”, dicen desde la oficina de tránsito de la empresa de transporte Copsa. El martes 17 el gobierno dispuso el cierre obligatorio de todos los shoppings —con excepción de los supermercados y farmacias—, pero la estación de ómnibus sigue operando de forma habitual. Sin embargo, ya no se ven personas corriendo ni esperando en los asientos a que llegue la hora de su viaje. Los andenes están vacíos y en las boleterías no hay prácticamente nadie.

“Ya no salen más ómnibus directos y casi no hay gente. La que viaja es solo la que no tiene otra opción. Estamos teniendo un promedio de 20 pasajeros por turno, cuando lo normal es más del triple”, cuenta un trabajador.

El temor por la amenaza del Covid19 también se refleja en la movilidad interna de la ciudad. “Esto nos está matando”, le dice un cuidacoches a otro en las inmediaciones de la Intendencia de Montevideo (IM). Es que esta semana, muchos trabajadores comenzaron a practicar el home office y dejaron de usar sus vehículos para ir a las zonas céntricas.

“Lo bueno es que demoro la mitad del tiempo en llegar a la intendencia”, comenta una funcionaria municipal. Es que el poco tránsito se nota tanto en el auto particular como en el transporte colectivo. Según datos brindados por Movilidad de la IM, ya el domingo 15 el total de vehículos que se desplazaban por algunas de las avenidas principales había bajado 27%. El lunes, el tiempo de viaje se redujo al punto de acercarse a los niveles de enero, cuando las vacaciones vacían la ciudad. El martes se registró una caída del 60% en la venta de boletos. Ante ese panorama, ya no es raro ver pasar ómnibus tras ómnibus vacíos, o viajar en hora pico sin más compañía que el chofer y el guarda.

Tras el descenso paulatino del uso de estacionamientos tarifados, la IM decidió desde el miércoles 18 no cobrar más la tarifa, con el objetivo de facilitar los “desplazamientos imprescindibles”.

En paralelo, las autoridades departamentales decidieron aceptar el pedido del gremio municipal y limitar las áreas de atención al público. En forma previa, cada unidad se había encargado de detectar mediante formularios su población de riesgo.

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Foto: Nicolás Der Agopián

Esparcimiento

El avance del coronavirus también afectó a los bares, restaurantes, pubs y lugares de esparcimiento, como eventos y espectáculos públicos. Pero también a locales más pequeños de cocina o peluquerías, que sobreviven gracias al flujo diario de clientes.

Pese al buen tiempo del comienzo de la semana, las canteras de la plaza Virgilio están vacías. Ya no se ve a nadie compartiendo el mate. Y al recorrer la avenida Alfredo Arocena, típico paseo en las tardes de verano, la imagen es desoladora. Las tiendas están cerradas, las cafeterías no abrieron sus puertas y los pocos restaurantes que se mantienen activos no tienen a quién atender. Además, el escenario se agrava con el paso de los días.

Un empleado del restaurante Café Misterio comenta que hasta el martes, pese a la situación crítica —estaban teniendo un promedio de 20 cubiertos diarios, cuando lo normal es 120—, continuaban trabajando. El miércoles 18, ante una situación ya insostenible, cerró por tiempo indefinido.

“El tema nos afectó mucho, tanto a Café Misterio como al restaurante Patria, en el aeropuerto de Carrasco. Al mediodía hicieron solo tres cubiertos”, dice el trabajador. Con el fin de hacer frente a la baja concurrencia, intentaron incluso potenciar el servicio de delivery y take away, se quitaron la mitad de las mesas para que hubiera una mayor separación, dispusieron alcohol en gel y se mantuvo una estricta limpieza y desinfección de utensilios, cartas y mobiliario. Pero las medidas no fueron suficientes. “El personal corre riesgo, pero si nos mandan al seguro de paro, los mozos dejan de percibir la propina que es una parte muy importante de su sueldo”, se lamenta.

Con los empleados de Sofitel Casino Carrasco, que dejó de funcionar el pasado domingo 15, pasa algo similar. Tras tomar diversas medidas de prevención —alcohol en las barras y mesas de juego— entendieron que el recambio constante de extranjeros en el recinto y sobre todo el manejo de las fichas del casino eran dos grandes focos de contagio. Al descender la concurrencia casi a un 25% de lo habitual, hoy los trabajadores negocian los seguros de paro y ven con preocupación el no recibir más propinas.

Algunos cambios en la ciudad mejoraron, sin embargo, el confort de algunos habitantes. Al cerrar la mayor parte de los boliches bailables o pubs nocturnos, las denuncias por ruidos molestos disminuyeron drásticamente, reflejando lo quieto que está Montevideo. Según dijo a Búsqueda el prosecretario de la comuna, Juan Canessa, mientras dos fines de semana atrás se registraron 15 denuncias por ruidos causados por la música, el pasado solo hubo dos.

“Nos preocupa la emergencia sanitaria. Que la ciudad se paralice un poco es algo que necesariamente tiene que pasar, es parte de lo que se busca: que no haya mayores movimientos o intercambios de una manera paulatina y, por toma de conciencia, que no tenga que ser una cuestión coercitiva ni sobre los derechos de las personas ni sobre nuestro derecho común a vivir en sociedad”, dice Canessa.

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Foto: Nicolás Der Agopián

Pequeños comercios

Los bares y restaurantes con shows en vivo ya debieron afrontar la reducción de personal, así como también los cines y teatros que decidieron cerrar, según el prosecretario, “compulsivamente”. Pero, mientras tanto, los pequeños y medianos comercios son quienes más sufren los efectos de esta pandemia.

La Ciudad Vieja está desierta. No hay personas de traje caminando por la peatonal Sarandí ni turistas paseando por la feria de la plaza Matriz. “Está jodido de verdad”, se lamenta María José, dueña del local de comida María Cocina. El lunes había vendido $ 10.000 menos que el mismo día de la semana anterior y el martes las ventas bajaron $ 10.000 más. “No anda nadie, hay muchas oficinas cerradas. Los locales vecinos, como las peluquerías, están cerrando”, comenta.

En su local el movimiento era constante, por lo que incluso habían ampliado la cantidad de trabajadores recientemente. “Estamos viendo qué hacer, pero cerrar no es una opción por ahora. Podríamos reducir el horario, bajar el volumen de cocina y aguantar hasta que se termine todo”, dice.

Centros estéticos, tiendas de ropa, tatuadores, joyerías y todo tipo de comercios se han visto afectados y han limitado su atención al público por miedo al contagio. Incluso plataformas como Pedidos Ya intentan implementar formas de entrega “sin contacto”. La preocupación es tal que, ante la tos de un cliente en un local de Abitab, dos personas se retiraron molestas.

Si bien muchas cosas cambiaron, otras aún se mantienen. Los supermercados y las ferias vecinales siguieron teniendo concurrencias masivas en estos días, debido sobre todo a la preocupación de la gente por abastecerse de alimentos. Al recorrer la rambla de Montevideo, aún puede verse a personas mayores caminando o a grupos de entrenamiento practicando rutinas de ejercicios. Algunos ciudadanos todavía se aferran a sus hábitos cotidianos, al menos hasta que las medidas para prevenir el contagio se endurezcan y la capital se detenga completamente.

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