De pandemia a pandemonio

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Nº2064 - al de Marzo de 2020
por Andrés Danza

Las dos son palabras originadas en la Antigua Grecia y comparten como vocablo principal παν —pan—, que significa “todo”. La primera, pandemia, la utiliza la ciencia para denominar a la “afectación de una enfermedad infecciosa de los humanos a lo largo de un área geográficamente extensa”. La segunda, pandemonio, es para la Real Academia Española un “lugar en el que hay mucho ruido y confusión”, aunque su origen se encuentra en el libro El paraíso perdido, publicado por el escritor inglés John Milton en 1667. De esa forma Milton definía a la capital del infierno.

Pandemia es la que está provocando el coronavirus, según lo estableció la Organización Mundial de la Salud el miércoles 11. Pandemia porque luego de que esa enfermedad fuera detectada en diciembre en China, tres meses después afecta a decenas de países, hay 215.000 personas contagiadas, ha provocado más de 8.400 muertes y está muy lejos de ser controlada. Es más, a algunos lugares como Uruguay recién está llegando.

Pandemia de hoy, pandemonio de mañana. Casi sin punto intermedio. Lo que ahora es una afección generalizada que se reproduce con la velocidad de los hongos en el bosque luego será un caos confuso, ruidoso y doloroso, parecido a ese lugar en el que habitan los demonios, imaginado por Milton hace más de tres siglos.

Pandemonio porque la economía explotará por los aires a escala mundial —ya lo está haciendo— y Uruguay será unos de los grandes perjudicados. El expresidente Julio Sanguinetti suele decir que un gobierno uruguayo puede definir menos del 20% sobre el futuro del país y que el resto depende de lo que ocurra afuera. Algo similar sostiene su colega José Mujica y también así argumentaba Jorge Batlle, que sufrió en carne propia el descalabro regional.

La historia lo muestra: un pequeño país con un poco más de tres millones de habitantes y anclado entre dos potencias, no puede proyectarse solo y depende de sus principales socios comerciales como para salir a flote. En este momento, esos países que son el tanque de oxígeno para Uruguay están concentrados en que sobrevivan sus propias economías. China, Brasil, Argentina, Estados Unidos, Europa, todos esos que hasta hace poco eran escalones hacia el eventual desarrollo uruguayo, ahora se transformaron en simples compañeros de supervivencia.

Pandemonio porque en pocas semanas —o días— Uruguay, al igual que muchos otros, deberá afrontar una larga lista de pequeñas y medianas empresas fundidas por la falta de actividad. Es probable que pase con cines, hoteles, restaurantes y después vendrán los comercios, las tiendas de ropa, las automotoras y también los que ejercen sus oficios de forma individual y otra cantidad de emprendimientos que no podrán resistir tantos días sin abrir sus puertas.

Como consecuencia, el que también puede quedar fundido es el Estado. Ya está en una situación crítica, con un déficit fiscal creciente, y la pandemia del coronavirus agravará mucho la situación al provocar todo tipo de gastos extra. Seguros de paro, subsidios, más presupuesto para la salud, compensaciones, exoneraciones, todo eso estará arriba de la mesa y provocará un salto inevitable en el gasto público.

Pandemonio porque hubo una fecha de inicio de las medidas extremas adoptadas por el Poder Ejecutivo pero no hay una de finalización. Suspender espectáculos públicos, reuniones sociales que impliquen aglomeraciones de personas, la enseñanza primaria, secundaria y terciaria, la atención en oficinas públicas, todo ocurrió en pocas horas luego de la aparición de los primeros casos locales de coronavirus el viernes 13. Pero ¿alguien pensó cuándo se reinician todas esas actividades? ¿Qué ocurre si dentro de dos semanas hay muchos más casos detectados, como es probable? ¿Y en el invierno? Porque en el hemisferio norte ahora llega el verano y eso frena un poco la circulación del virus pero aquí el frío recién está por empezar.

¿Y la cantidad de operaciones quirúrgicas que se postergarán en los sanatorios y que luego deberán ser realizadas? ¿Y los pacientes que no podrán ser atendidos correctamente porque casi todos los recursos están concentrados en el coronavirus? ¿Y las transacciones económicas que quedarán por el camino o directamente se caerán? ¿Y la inestabilidad del mercado de cambios? ¿En qué momento volverá la calma y la normalidad? Seguro que lejos. Antes será el pandemonio.

Por eso, es probable que el 2020 no sea recordado en el futuro como el primer año del gobierno de la coalición multicolor encabezada por el presidente Luis Lacalle Pou. El 2020 será el año del coronavirus, así como el 2002 fue el de la mayor crisis económica que registra la historia uruguaya.

Para los días venideros es necesario cambiar el tono del debate político. Pero no de la boca para afuera: cambiarlo en serio. Ante estas situaciones extremas no hay gobierno y oposición, todos deberían ser lo mismo y asumir su responsabilidad.

Algunas señales de los últimos días van en sentido contrario y es una lástima que así sea. Hay tiempo para corregirlas, pero cuando de una simple revisión de las redes sociales se ve que unos ya acusan al gobierno de negligente y otros recuerdan que la anterior administración de Tabaré Vázquez donó hace meses tapabocas a China, cuesta ser optimista.

No es ese el camino. Cuestiones para criticar siempre va a haber. Basta con detenerse a revisar con un poco de atención los archivos de cada uno, una actividad que a la mayoría de los uruguayos le encanta, como para encontrar siempre algo cuestionable. Pero los tiempos que están llegando no son de cobrar facturas, algunas ya amarillentas. Es mejor dejarlas en los cajones o tirarlas directamente a la papelera.

Capaz que con tantos días de cuarentena y reclusión cambian un poco los ánimos y aparece algo de la sabiduría necesaria. Porque de situaciones tan complicadas como la actual solo se sale con medidas extremas, esas que se toman en conjunto o no se toman. Con “todos” involucrados, del griego pan, el mismo que da comienzo a la pandemia. Y también al pandemonio.

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